Despoblado de La Vereda,Guadalajara

La Vereda (información extraída de Wikipedia)

Más fotografías en Paseo fotográfico por La Vereda, Guadalajara

Ver también en este blog la entrada sobre Abandono Rural

La Vereda, Guadalajara  ©Ricardo G Delabat
La Vereda, Guadalajara ©Ricardo G Delabat

La Vereda es un pueblo perteneciente al municipio de Campillo de Ranas  (Guadalajara, España) situado en la sierra de Ayllón.

Históricamente forma parte del Concejo de El Vado, que estaba conformado por las aldeas de La Vereda, Matallana y la propia villa de El Vado. En 1972 el municipio de La Vereda, antes El Vado, pasó a depender del Ayuntamiento de Campillo de Ranas, al ejecutarse la expropiación forzosa de la mayor parte de su territorio por parte del Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA), siendo desde 1983 propiedad de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

Su despoblamiento hay que buscarlo en las expropiaciones forzosas que se hicieron para la construcción del actual embalse de El Vado, en 1972, que incluye todo el término municipal de La Vereda, Matallana y El Vado. Sin accesos, sin servicios médicos, electricidad, agua corriente, suministros, con los terrenos dedicados a la ganadería reduciéndose, la emigración aumenta dramáticamente en la década de los años 60 y por tanto la obligada despoblación es un hecho.

En 1976 un pequeño grupo de arquitectos de Guadalajara y Madrid, evitan que ICONA derribe todos los edificios de La Vereda para proseguir con la reforestación, de este modo se logra preservar la integridad del pueblo. En 1988 los antiguos vecinos de La Vereda, Matallana y El Vado, fundan la Asociación Cultural Hijos de La Vereda con el fin de mantener y recuperar sus tradiciones. Desde esta fecha los antiguos vecinos y expropietarios de La Vereda defienden igualmente su derecho legal a ejercitar la reversión de las fincas expropiadas forzosamente para unos fines de utilidad pública como es la repoblación forestal que no se han cumplido en su totalidad, pretendiendo la recuperación integral de dichos pueblos.

La Arquitectura de La Vereda

La arquitectura predominante en La Vereda es la que se conoce como Arquitectura Negra, propia de toda esta comarca, en el extremo noroccidental de la provincia de Guadalajara, en la Sierra del Ocejón. Se caracteriza por el uso masivo de la pizarra, tanto en muros como en tejados, utilizando madera para la realización de forjados y techumbres.

La Vereda, Guadalajara  ©Ricardo G Delabat
La Vereda, Guadalajara ©Ricardo G Delabat

La Vereda es un excelente ejemplo de este tipo de arquitectura popular, siendo este un pequeño homenaje a todos aquellos constructores anónimos que supieron a lo largo de los siglos adaptar naturaleza y arquitectura.

Este tipo de arquitectura da lugar a unos núcleos urbanos totalmente integrados con el paisaje. La estructura de las edificaciones se realiza con muros de carga de pizarra con mortero de barro, y entramados de madera en su interior que dan lugar a los forjados de planta y a las techumbres de madera. El tejado está compuesto por extensos faldones de lajas de pizarra. Al exterior se abren escasos huecos para protegerse de las inclemencias del tiempo, apareciendo grandes recercados de madera en puertas y ventanas. La tipología edificatoria se compone de viviendas, casillas para guardar el ganado y pajares.

En el exterior de las viviendas pueden aparecer pequeños recercados o corrales, normalmente enlosados, al que pueden abrir dichas casillas o pajares. Del volumen exterior sólo destacan las grandes chimeneas y los hornos remarcados semicircularmente al exterior, con los accesos de las viviendas destacados con pequeños tejadillos o porches semicubiertos. Dichos porches o entradas se solían encalar al igual que todo el interior de la vivienda, resultando así un verdadero espacio de transición entre el exterior y el interior.

El interior se distribuye a través de un zaguán en alcobas, la cocina a la que abre la boca del horno, las trojes o cubículos para grano, y la cuadra al fondo de la vivienda. La planta superior o cámara, a la que se accede por empinadas escaleras de madera, y situada bajo las grandes cubiertas, se utilizaba como almacén para el forraje del ganado.

Una de las características de la arquitectura de La Vereda es la utilización de cantos rodados entre la mampostería de pizarra, que son utilizados para remarcar las plantas mediante alineaciones, para reflejar iniciales de los autores o recreando cruces protectoras del hogar.

Característico igualmente son las limatesas o cumbreras de las cubiertas, en las que se van entrelazando las diversas lajas de pizarra recortadas unas con otras. De igual modo son abundantes las inscripciones situadas en las entradas de los edificios, especialmente los públicos.

Estructuras de los tejados, La Vereda, Guadalajara ©Ricardo G Delabat
La Vereda, Guadalajara ©Ricardo G Delabat

Edificios singulares son las iglesias o ermitas de la zona, ejemplos de la pervivencia en el mundo rural de modelos románicos hasta siglos posteriores. Pequeños templos de arquitectura culta, con disposiciones y plantas románicas de una nave, con capilla mayor cuadrada, orientadas al este, pero construidas con las soluciones propias de la arquitectura popular. Sólo las esbeltas espadañas y un mayor cuidado en el detalle constructivo muestran su excepcionalidad.

Sobre el abandono rural he podido ver que hay múltiples blogs y paginas web dedicadas a este apasionante tema, pero de todos los que he visitado últimamente, que no han sido pocos, querría destacar especialmente un blog que se llama lospueblosdeshabitados en el que su autor  Faustino Calderón hace una detallada descripción de muchos pueblos abandonados en diferentes regiones españolas, acompañando cada texto con unas estupendas fotografías. Os recomiendo desde aquí una detallada visita de este blog.

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Los Gancheros 2

LA HISTORIA / LAS FOTOS

Como homenaje a este extinto oficio, he dedicado en mi web dos galerías a Los Gancheros del Escabas, una en color y otra en blanco y negro, en su paso por la localidad de Priego camino del río Guadiela. Las fotos expuestas fueron posibles gracias a la excelente iniciativa que ha tenido la Asociación Cultural Gancheros de Priego, www.gancherosdepriego.com , que desde hace ya unos cuántos años, el primer domingo del mes de agosto, hacen una recreación de cómo era el esforzado trabajo realizado en el pasado por los gancheros. Esto lo llevan a cabo en un tramo del río Escabas próximo a Priego. Indicar que parte de la información aquí contenida ha sido sacada de la información de dicha web.

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©Ricardo G Delabat

El río Escabas es un río corto, solo tiene 60 km, desconocido para los que no conocen aquella preciosa comarca, que nace en las proximidades de la sierra de Tragacete, cerca del nacimiento de los ríos Cuervo y Júcar. En su curso recorre tres comarcas de las provincia de Cuenca: la Serranía Alta, el Campichuelo y la Alcarria para desembocar finalmente, a la altura del pueblo de Albendea, en el río Guadiela, tributario del Tajo. Desde su nacimiento, en su ruta hasta el Guadiela, este modesto río pasa por los municipios conquenses de Las Majadas, Poyatos, Fuertescusa, Cañamares y Priego. Visita más que recomendada para todos aquellos que no conozcáis aquella zona. Muy recomendable la visita en los meses de verano para poder refrescarse en las frescas aguas del Escabas.

         Precisamente en este río hubo una importante actividad maderera desarrollada por los Gancheros. Según definición de Juan Navarro Reverter (1884-1924), Ingeniero de Montes, Académico de la Lengua y Ministro: “El ganchero es un hombre fuerte, robusto, bronceado, enjuto y tan insensible como la materia que su gancho guía, parco hasta en el exceso en el vestir, parece que lleva sus anchos calzones para burlarse de las inclemencias del invierno. Y la ganchería es un perfecto mecanismo de relojería de resultados admirables. Estos hombres sin más lazo que la obediencia, dentro del deber, realizan el ideal de una sociedad libre bien organizada”.

Pero si tuviese que elegir, me quedaría sin dudar con las palabras del maestro Sanpedro, dedicadas a esta profesión de esforzados trabajadores: “Fueron los hombres más enteros, íntegros y más humanamente hombres que he conocido. Eran naturaleza en estado puro”. Más con tan escasas, pero claras, palabras creo que no se puede decir. Al maestro Sanpedro debemos la gran difusión hecha la conocimiento de los gancheros; fue realmente él quién dio a conocer esta profesión entre el gran público.

El origen de la palabra Ganchero hay que buscarlo en la vara terminada en gancho que utilizaban para el manejo de los troncos, que de hecho era la única herramienta que manejaban. Se trata de una vara, por lo general hecha con madera de avellano, aunque también se usaban maderas de otros árboles, cuya longitud aproximada es de 220 cm, y con un grosor de unos 5 cm en su extremo en el que se fijaba una pieza de forja formada por tres partes fundamentales:

  • El bullar que es la punta de lanza de la vara de gancho.
  • El arpa que es un gancho convexo con el que tiraba de los troncos de la maderada.
  • La olla que es una figura troncocónica en la que se anclaba la vara mediante cuñas y clavos de madera (las de mejor calidad son las de sarga roja).
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©Ricardo G Delabat

Gancheros en el río Tajo y sus afluentes. Almadieros en Navarra, Raiers en Cataluña, Pineros en la Sierra de Segura. En definitiva diferentes nombres para una misma actividad.

El papel desarrollado por los gancheros, hasta su desaparición, fue un sustento imprescindible para el avance de la sociedad ya que la madera, durante mucho tiempo, fue una importantísima fuente económica en España.

Durante la primera mitad del siglo XX, el trasiego de maderas por los ríos de España fue la forma más viable y efectiva de transporte, surtiendo así, desde las más profundas sierras del interior peninsular, de tan preciado tesoro a aserraderos y fábricas muy distantes de los lugares de origen de la madera. Desde la construcción de palacios hasta mundanos enseres cotidianos, la madera siempre ha sido fuente de progreso.

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©Ricardo G Delabat

La madera obtenida de los montes conquenses fue siempre muy apreciada: en el sector naval para la construcción de naves, en la fabricación de vigas para la construcción, y como elemento imprescindible en cualquier trabajo de carpintería. De las diferentes variedades de pinos que se desarrollan en la serranía conquense existen grandes masas de pino laricio o negral (Pinus laricio, Pinus nigra) también llamado cascalbo, pudio, salgareño o pino de Cuenca. Este en concreto es el de mayor porte de los pinos de España, pudiendo alcanzar alturas de 40 metros. En Cataluña, el pino albar (Pinus silvestris), también llamado en Cataluña “Pi roig” y el pino rodeno o marítimo (Pinus pinaster).

El oficio de ganchero proviene de tiempos inmemorables, el geógrafo musulmán Al-ldrisi ya los menciona en el año 1154. Históricamente los gancheros procedían de la serranía de Cuenca, y en particular del pueblo de Priego, y también aunque en menor medida de localidades como Cañete, Cañamares y Cañizares. Con la construcción de los primeros aserraderos en la provincia de Valencia se añadieron algunas poblaciones como Chelva, Cofrentes, Calles y Ademúz. En Jaén los pueblos de las Sierras de Segura y Cazorla como Orcera y Beas de Segura también proporcionaban de gancheros a las maderadas de las diferentes regiones gancheras en España.

Los pueblos de la serranía aportaban a la maderada oficios indispensables para su desarrollo como el de hachero, arrastradores, arrieros y broceros, estos últimos contratados en los pueblos limítrofes al cauce del río por el que transcurría la maderada.

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©Ricardo G Delabat En plena faena

La cantidad de troncos que componían una maderada oscilaba entre los veinte mil y los cien mil, necesitando según escritos de Torres Mena la misma relación en el número de gancheros que variaba desde los cien hasta los mil. La última gran maderada se bajó por el río Segura en el año 1947, y fue de un millón de traviesas destinadas a abastecer a la RENFE para la construcción de gran cantidad de kilómetros de ferrocarril. Posteriormente se siguió trasegando madera, aunque en menor cuantía, sobre todo por los ríos de la serranía conquense y el Alto Tajo, hasta que finalmente a principios de los años 60 fueron las inhóspitas sierras de Segovia y de Guara en la provincia de Huesca, prácticamente las últimas en contemplar el lento fluir de estos bosques flotantes. A estas maderadas de menor cuantía, con pequeño número de troncos, se las conoció como “repuntas”.

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©Ricardo G Delabat

Aunque en algún momento de la historia todos los ríos de España fueron testigos de movimientos de troncos por sus aguas, o maderadas, los principales ríos utilizados para el transporte de madera fueron el río Tajo con sus afluentes Escabas, Guadiela, Gallo, Cuervo y Cabrillas, el río Júcar y su afluente el Gabriel, el Turia, el Segura y el río Guadalquivir. En todos ellos los Gancheros de Priego dejaron su impronta y buen hacer, siendo dignos embajadores de las gentes de Castilla La Mancha.

Los Gancheros 1

EL LIBRO / LA PELÍCULA

Nunca en mi vida había escuchado hablar de los gancheros ni de las maderadas. Sí sabía que los ríos se habían utilizado históricamente como un importante medio de transporte de mercancías pero poco más.

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©Ricardo G Delabat

Pero un día, hace ya bastante tiempo, tuve ocasión de ver una película que se acababa de estrenar y que se titulaba “El río que nos lleva”. En el cartel anunciador decía estar “basada en el libro del mismo título de José Luis Sampedro”, autor al que realmente tampoco tenía el gusto de conocer en aquél momento. Esta magnífica película fue la que me descubrió, imagino que como a mucha gente, las aventuras y desventuras que sufrían los gancheros: quiénes eran, cómo vivían, la dureza de su trabajo y las tragedias que podían llegar vivir durante el duro y esforzado trabajo de transportar los troncos cortados, desde el Alto Tajo hasta su entrega final en Aranjuez. No tardé en ir a comprar el libro que había dado origen a aquella película. Magistral libro escrito por un maravilloso escritor.

Dirigida en 1988 por Antonio del Real y protagonizada en sus papeles principales por Alfredo Landa, Tony Peck (hijo del fantástico Gregory y su segunda mujer Veronique), Eulalia Ramón, Santiago Ramos y Mario Pardo, la película se sitúa a mediados de los años cuarenta y narra el último traslado que se hizo desde el Alto Tajo, en la provincia de Guadalajara hasta Aranjuez, ya en la provincia de Madrid. Fue la última “maderada”.

Sinopsis: Un joven irlandés, Roy Shannon, ex combatiente que ha sufrido los desastres y el drama de la Segunda Guerra Mundial y que ha perdido la fe en los hombres y en la vida, llevado por Paula, llega al campamento donde viven los gancheros, hombres primitivos, valientes y generosos, gobernados por “El Americano”, en un tiempo pasado emigrante en el Nuevo Mundo, el capataz que dirige a esta insólita cuadrilla, interpretado por un soberbio Alfredo Landa.

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Imagen extraída de: https://www.premiosgoya.com/pelicula/el-rio-que-nos-lleva/

La acción transcurre en diferentes comarcas. Al inicio, partiendo de la localidad de Zaorejas, la cuadrilla de los gancheros desciende con una importante carga de troncos por el curso alto del río Tajo pasando, entre otros por Alpetea, Huertahernando y Ocentejo. Adentrándose en La Alcarria, pasarán por pueblos como Trillo, Viana y Zorita de los Canes. Finalmente llegando a la fértil vega del Tajo, por Mazuecos y Fuentidueña, llegarán hasta el Real Sitio de Aranjuez. En el Real Sitio el grupo se despedirá, posiblemente para siempre, ya que con la inauguración de los pantanos de Entrepeñas y  Buendía y la mejora de las comunicaciones por carretera, el transporte fluvial de troncos se vio abocado a su desaparición; estas mejoras, sin embargo, provocaron la desaparición de esta raza especial conocida como los gancheros.

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©Ricardo G Delabat En plena faena

Pues sí, la película me gustó a rabiar, pero el libro me dejó completamente cautivado, enamorado de la espléndida prosa utilizada por el Sr. Sanpedro. Para mi gusto una joya literaria, injustamente desconocida. Auténtica delicia que recomiendo encarecidamente a todos aquellos que aún no hayáis tenido la ocasión de leerlo. Igualmente recomiendo ver la película ya que además de reflejar perfectamente el mensaje del autor, ilustra cada una de las escenas con una gran maestría y una fotografía esplendorosa. Los paisajes y pueblos que en ella aparecen son reales, nada de decorados ni de attrezzo. El Alto Tajo, en cualquiera de sus tramos, es en realidad tan bello como realmente quedó reflejado en la mencionada película.

Larga Exposición

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Nacimiento del río Cuervo ©Ricardo G Delabat

Hace relativamente tiempo que comencé a adentrarme en este mundo de la larga exposición, y fue precisamente en este bello paraje que vemos arriba, el nacimiento del río Cuervo, Tragacete, Cuenca.

Por mi cumpleaños mi querida cuñada Beatriz me regaló (sin saber qué era en realidad) un filtro ND, de densidad neutra. Era en concreto un filtro ND8 que cuando lo vi no tenía ni idea de para qué podía valer ni cómo debía de usarse. Pero bueno, mi cuñada me dijo que en la tienda la habían dicho que era un filtro muy útil, por lo que busqué información al respecto y finalmente pude encontrar la gran utilidad que podía tener el tal filtro. Y supe que su principal utilidad era para hacer “técnicas de larga exposición”. Con este filtro podría hacer fotos de agua con tiempos largos para conseguir esos efectos tan bonitos de las “aguas sedosas” sobre un fondo nítido y bien definido. Sí señor, algo que yo llevaba tiempo detrás de comenzar pero nunca había sabido muy bien como. Así que este era el momento.

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Estrecho de Priego, Río Escabas ©Ricardo G Delabat

Una tarde llegué a este hermoso lugar, que ya conocía por haber ido tiempo atrás, pero nunca había ido con un filtro ND. Era una tarde de primavera, el sol había comenzado a caer y las sombras habían llegado a la cascada. Por tanto había suficiente luz pero su intensidad ya no tenía la dureza del sol de la mañana o de mediodía. Otra cosa buena fue que en aquellas horas ya tampoco había mucha gente por lo que podría trabajar tranquilo sin las interferencias e impertinencias de los “selfieros”, esa horrible estirpe que tantas veces aparece en el momento más inesperado cuando menos te lo esperas y menos falta hace. Sí me refiero a esa moderna tribu que armadas con largos palos y un teléfono móvil buscan la foto-recuerdo para mandar de manera inmediata a su grupo de wasapp, subirla en Instagram o Facebook y demostrar que se lo están pasando chupi lerenda. Estos precisamente son los que suelen machacarte una foto, para la que has estado buscando el mejor encuadre, la mejor exposición y la mejor técnica, cuando aparecen de manera repentina y se colocan entre tu cámara y lo que tanto tiempo te ha llevado encuadrar debidamente.

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Nacimiento del río Cuervo ©Ricardo G Delabat

Pues sí, como decía aquella tarde poca gente había y tenía tiempo de sobra para hacer mis primeros disparos de larga exposición con el regalo de mi cuñada. Saqué mi trípode, extendí sus patas, busqué una posición estable y coloque mi Nikon D5200. Retiré el filtro UV y enrosqué con cuidado ese filtro desconocido que nunca había usado, un filtro ND8. Comencé con lo típico, prueba/error, mientras veía como iban quedado esas primeras fotos, hasta dar de alguna manera con la técnica más adecuada para conseguir esos chorros sedosos.

Tras esos primeros disparos, me quedé maravillado con los resultados que iba consiguiendo. Empecé con disparos de 2 seg., aumenté a 4 seg., subí hasta los 6 seg. hasta que llegué a hacer disparos de 10 seg., jugando en cada momento con distancia focal y diafragma para que la iluminación fuese la más adecuada. Afortunadamente aquel día la batería estaba al 100% y llevaba otra de repuesto, porque tantos disparos y tan largos son unos excelentes consumidores de batería. De hecho en poco tiempo tuve que recurrir la batería de repuesto. Tanta emoción y tanto disparo, consumió la primera en un periquete.

Y a partir de aquí he probado más veces, cascadas, ríos, fuentes, tráfico urbano, fotografía nocturna (sin mucho éxito hasta la fecha, pero insistiré en ello). con resultados en general bastante aceptables.

Imprescindibles para esta técnica: un trípode con buena estabilidad, filtros ND y polarizador, objetivo al gusto y una cámara reflex que te permita manejar tiempos largos (es recomendable desactivar la función autofocus para hacer el enfoque manual) y algo muy importante, alguna batería de repuesto. Y por último, paciencia y disponer de tiempo de sobra, las prisas son incompatibles con esta técnica.

En cuanto a los filtros, generalmente, y sin una luz solar demasiado intensa, con la combinación del filtro ND8 más un polarizador suele ser suficiente para conseguir imágenes muy atractivas.

¡Suerte! y ya me contaréis que tal os ha ido.

Podéis ver más fotos de larga exposición en mi web o bien entrando en los siguientes enlaces:

http://www.ricardodelabat.com/LARGA-EXPOSICION-LONG-EXPOSURE

http://www.ricardodelabat.com/LARGA-EXPOSICION-LONG-EXPOSURE/NACIMIENTO-RIO-CUERVO/

http://www.ricardodelabat.com/LARGA-EXPOSICION-LONG-EXPOSURE/RIO-ESCABAS-PRIEGO/

ABANDONO RURAL

REFLEXIONES SOBRE EL ABANDONO
Más fotografías sobre lugares abandonados en:
Ver también en este blog Despoblado de la Vereda, Guadalajara

Tan sagradas y valiosas son las piedras del mísero caserío y de una modesta ermita como las ruinas, tristes, decadentes y artísticas, de monasterios, conventos y castillos. Todas ellas reflejan de manera harto elocuente la grandeza histórica de un gran número de olvidados y abandonados rincones que, de norte a sur y de este a oeste, inundan la geografía española.

Castillos corroídos por el cáncer de los siglos, pintorescas y románticas ruinas de antiguos cenobios y de recios cimientos, aún en pie, de modestos pueblos y aldeas que otrora fueron importantes enclaves de población y que hoy, ay, son tan solo el reflejo de la ruina y el abandono

La definición que se encuentra en el diccionario de la R.A.E. de “Despoblado” es clara: “Desierto, yermo o sitio no poblado, y especialmente el que en otro tiempo ha tenido población”. En definitiva, un despoblado es un lugar que en otro tiempo estuvo habitado, poblado, y hoy, por las causas que sea, no lo está. Otra palabra para definir los pueblos abandonados, con una gran carga dramática pero muy gráfica, es la de “mortuorio”: “Coloquialmente, lugar en el cual hubo una población que ha desaparecido por completo

Cada vez que se erigían monasterios o iglesias en campos alejados de todo lugar habitado, a su sombra y en poco tiempo comenzaban a construirse viviendas que con el paso del tiempo daban lugar a la formación de aldeas, pueblos, villas o ciudades.

 

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©Ricardo G Delabat
 

ALGUNAS CAUSAS QUE LLEVARON A LA DESPOBLACIÓN O ABANDONO DE LOS PUEBLOS

Como una causa principal cabría destacar la creciente pobreza de los aldeanos que vivían en muchas aldeas, incapaces de sacar al campo una renta o rendimiento suficiente para poder vivir de manera digna y sin apreturas.

Pero también hay que buscar las causas en la pobreza progresiva de muchos municipios, representados por sus ayuntamientos, carentes de bienes comunales. Al carecer de dichos bienes han de apelar a los propios vecinos para alimentar sus presupuestos, principalmente a base de impuestos, que de manera progresiva e imparable va aumentando la pobreza de los vecinos (pescadilla que se muerde la cola), que terminan siendo asfixiados por la presión ejercida por los recaudadores municipales.

Finalmente se llega a un punto en que es imposible vivir acorde con los tiempos actuales y esto termina desmoralizando al hombre del campo que termina abandonando su casa y sus tierras, produciéndose un enorme e irreparable perjuicio en la agricultura local: menos brazos para trabajar implica inevitablemente una menor producción de la tierra y un empobrecimiento generalizado.

Cuando estos emigrantes llegan a sus nuevos destinos, generalmente en las ciudades, próximas o lejanas a su lugar de origen, y por no estar capacitados ni cualificados laboralmente,  carecen por tanto de formación alguna para desenvolverse en tan hostil territorio, al final terminan desempeñando los más bajos menesteres y todas aquellas tareas de menor cualificación, y por tanto con menor retribución, que nadie de la ciudad desea. Esto produce en su extremo final tal sentimiento de frustración y desasosiego entre estos emigrantes que, llegados a lo que consideraban una panacea, produce una inmensa sensación de infelicidad y tristeza.

Por otro lado todos aquellos que han quedado en el campo, incapaces de abandonar su tierra, suelen ser bien los peores y menos preparados, carentes de ambición ni ganas de mejora y con menos arrestos que los valientes que salieron del pueblo, bien aquellos a quienes la edad les ha quitado las ganas e ilusión de ir a ningún lado. Esto produce inevitablemente que el campo vaya a peor y muchos pueblos acaben desapareciendo, quedando enormes áreas de regiones despobladas.

Sobre el abandono rural he podido ver que hay múltiples blogs y paginas web dedicadas a este apasionante tema, pero de todos los que he visitado últimamente, que no han sido pocos, querría destacar especialmente un blog que se llama lospueblosdeshabitados en el que su autor  Faustino Calderón hace una detallada descripción de muchos pueblos abandonados en diferentes regiones españolas, acompañando cada texto con unas estupendas fotografías. Os recomiendo desde aquí una detallada visita de este blog. 

MAS REFLEXIONES SOBRE EL ABANDONO

Desde mi punto de vista, los lugares abandonados tienen un encanto fotográfico especial. Creo que son realmente fotogénicos. Sin embargo si pensamos detenidamente en la razón del abandono, en por qué se produjo ese abandono, estos lugares pueden llegar a tener también un punto depresivo.

Pensemos en tantos y tantos pueblos abandonados que salpican la geografía española, habiéndose cebado el abandono con especial virulencia en la Vieja Castilla, Galicia o Asturias, si bien ninguna región quedó al margen de este drama. Cada vez que he encontrado uno de estos despoblados, lo inmediato ha sido liarme a hacer fotos y fotos,  muchas fotos, de los restos que aun quedan en pie de casas, iglesia, corrales, etc. Disfruto buscando el mejor encuadre, la mejor luz, la técnica optima en cada disparo esperando conseguir unos resultados aceptables.

Pero una vez realizado mi particular reportaje fotográfico, no puedo evitar que mi imaginación flote y pensar en aquellas gentes que tiempo ha decidieron dejarlo todo, su casa, su pueblo, la historia de su pueblo y la historia de su familia, intentando ponerme en su lugar, imaginando los tristes sentimientos y el gran pesar que debieron de sufrir los últimos en salir del pueblo, muy posiblemente ligeros de equipaje, abandonándolo a su suerte y al implacable paso del tiempo.

En muchos de los despoblados que he visitado aun pueden verse restos de muebles y enseres, pesada carga, que nadie se llevo, ni siquiera los múltiples saqueadores y expoliadores del abandono puesto que era tal su estado que los hacia de todo punto inservibles.

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Ricardo Delabat

Recuerdo haber hecho parada en algún pueblo de la Soria profunda y haber visto a través de alguna ventana sin cristales, ni mucho menos cortinas, tazas y platos rotos tirados por un destrozado suelo, muñecas tuertas, mancas, carritos de bebe sin ruedas, sillas a las que les faltaba alguna pata que algún vagabundo de paso debió usar para encender el fuego con el que calentarse algo que comer y combatir el intenso frío de la noche de los campos sorianos. Aun se veía claramente en una de las esquinas de lo que un día, posiblemente no muy lejano, debió de ser la cocina de esa casa, hoy ruinosa y triste, pero que antes fue cálida y acogedora estancia. el negro del hollín desprendido por esa hoguera que algún vagabundo hizo. Esa cocina en que la abuela guisaba en cocina de carbón esos deliciosos platos de cuchara hechos a fuego lento, al amor de la lumbre, tan apetecibles en invierno e incluso en verano. Y mientras la abuela, con un cucharon hábilmente tallado en madera de olivo, removía el guiso para que no se pegase en fondo de la olla, su hija entraba corriendo de la calle, aterida de frío tras coger lo poco que había sacado ese día del huerto familiar, alguna berza, algún nabo, alguna patata, en fin suficiente para poder seguir tirando.

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©Ricardo G Delabat

Agricultura de subsistencia y persistencia. Dejando las verduras en la mesa de la cocina, daba un beso a su hija que, mientras oía sin escuchar las monsergas de su abuela, jugaba sin parar con esa muñeca que yo vi tuerta y manca, pero que algún día fue todo belleza y perfección. Era preferible tener que oír ese soniquete característico de la abuela, disfrutando del calor que salia de aquella negra cocina de hierro, que tener que soportar en silencio el frío de su gélida habitación.

Estos pensamientos, entre otros muchos, fueron lo que surgió de una mancha negra en una pared. Mancha producida por los restos de una hoguera que algún día hiciera un vagabundo en las tristes ruinas de lo que antaño fue una acogedora cocina desvencijada, abandonada, inhóspita, incapaz de soportar el olvido y el paso del tiempo

 

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©Ricardo G Delabat